El Balasch (yo) y el Puri (él)
Desde que recuerdo he sido señalado; posiblemente el tema venga de antes que tuviese memoria de mi paseo terrestre, incluso, antes de nacer. Me han señalado por muchas cosas, pero sobre todo por ser extranjero. Yo nací extranjero y lo he seguido siendo siempre, independientemente del lugar donde he vivido.
Nací español en Francia. No recuerdo cuándo fui consciente de que, aunque había nacido en París y solo sabía hablar francés con un acento parisino, ellos me señalaban como “el español”, me di cuenta de que había nacido extranjero; también dio la casualidad de que heredé el nombre de mi abuelo Ángel, que en Francia es nombre de niña. Por esto también fui señalado. Si, por ejemplo, hubiese nacido de padres italianos o portugueses, que eran a los otros que los autóctonos también señalaban a sus hijos, es estos casos como “el italiano” o “el portugués”, me hubiese llamado Angelo o Ângelo, y eso hubiese dejado las cosas más claras y no me hubiesen señalado por este asunto.
A los años, nos fuimos a vivir a Sant Joan de Vilatorrada (Cataluña). Al llegar no sabía hablar español, pero no tardé demasiado en aprenderlo; todo el día me lo pasaba en la calle jugando con otros niños. En un mes ya hablaba un castellano bastante fluido, con sus tacos y todo (nunca hubiese imaginado que un idioma pudiese tener tantas palabras para insultar). Mis compañeros de juego no tardaron demasiado en bautizarme y me señalaron como “el francés”; en ocasiones también me llamaban “el franchute”. Supongo que a mis espaldas lo harían más a menudo; aunque cuando estaba presente intentaban no utilizar la segunda opción, supongo que para no ofenderme, y tenían el cuidado de utilizar, para llamarme, la forma más cortés: “el francés”. La cosa es que a mí no me ofendía ni una cosa ni otra; a mí solo me interesaba meter goles.
Con los años, me hice mayor y el Estado me dio la opción de elegir entre ser francés o español; lo único que debía hacer era ir a hacer el servicio militar a Francia o a España. Sopesé la situación, pero en Francia el servicio a la patria era de dos años y en España de uno; si hubiese sido al revés, seguramente tendría carnet de identidad francés y entonces el llamarme “el francés” hubiese correspondido con la realidad oficial, aunque seguramente hubiese seguido siendo doblemente señalado. La cosa es que serví a la patria en Zaragoza y volvieron a apellidarme y señalarme, esta vez como “el polaco”; a los que veníamos de Cataluña, en el cuartel nos llamaban polacos. Después del servicio obligatorio y de prepararme de forma exhaustiva para defender a mi patria en un supuesto ataque enemigo, volví a Sant Joan.
Al año o dos, por temas laborales, volví a Zaragoza, esta vez para vivir (me quedé, grosso modo, treinta años); también me rebautizaron de nuevo: esta vez pasé a ser “el catalán”.
La verdad es que, con el paso del tiempo, la gente se aburre un poco de eso o se olvida y pasan a llamarme por mi nombre, por lo menos cuando estoy presente. También me di cuenta de que, cuando me fui de Zaragoza a vivir a otros lugares, eso sí, todos en Aragón, me llamaban por mi nombre, o eso pensaba, ya que en una cena con unas amistades del pueblo, después de pimplarnos unas botellas de buenos vinos y con una sobremesa larga de esas en las que salen a relucir algunos secretillos que, de otra manera, por ejemplo tomando un café o un té, nadie confesaría, uno de mis invitados me desveló que aquí también me habían bautizado y que para varios sigo siendo un extranjero; el gentilicio que utilizan para señalarme en este lugar es “el rojillo”.
Bueno, está claro que este estigma siempre me ha perseguido y pienso que siempre me acompañará. Claro que la decisión de señalarme como “el español”, “el francés”, “el franchute”, “el polaco”, “el catalán” o “el rojillo” es cosa de los demás; son los otros los que me sitúan y señalan.
Escribo sobre esto porque me gusta analizar las cosas, pero no es algo que me importe; además, no me siento de ningún lugar en concreto, quizá por eso me han señalado en todos los lugares donde he vivido.
Chis, pum.
