El recuerdo y la memoria son dos temas que hace ya mucho que me atraen y sobre los que he buscado información especializada y también, por mi cuenta, he analizado con frecuencia.
Hoy me han enviado por WhatsApp un enlace donde Avishai Cohen canta Alfonsina y el Mar. Lo primero que me vino a la cabeza la primera vez que la oí (la versión de Cohen, ya hace unos años que la conozco) fue: «Joder, el tipo sabe hablar en español». Al ver el título en el enlace he recordado y he buscado la versión de Mercedes Sosa que tantas veces había escuchado años atrás (dicho sea que me gusta más que la del afamado contrabajista israelí, que tiene también su cosa, pero para mí no tanta) y eso me ha llevado a recordar a una persona con la cual compartí algunos ratos; de repente, hoy se ha abierto un poquito la puerta que da acceso a la nostalgia.
Es curioso cómo se manejan los recuerdos; si no me hubiesen enviado este WhatsApp con la versión de Cohen, no hubiese recordado a Mercedes Sosa y tampoco hubiese vuelto a mí la imagen de aquel tipo con canas tocando una versión inmaculada de Alfonsina y el Mar con una afinada guitarra.
Corría el año 1983 y yo me encontraba en Monzalbarba haciendo un servicio indecoroso (por mi parte) e ineludible (también por mi parte) por la patria en el Regimiento (creo recordar que el término regimiento es el correcto para describir dónde me encontraba, pero podría ser otro) de Pontoneros, en la Compañía de Puentes Flotantes de cincuenta toneladas. Del trajinar de vigas para hacer el tremendo puente alemán sobre el río Ebro podría hablar largo y tendido; este no va a ser el caso, pero, para aclarar un poco, para situar la acción, he de decir que cada tres meses, en aquel cuartel militar, venía un grupo de muchachos asustados y se iban otros tantos (de estos que partían para no volver, unos lo hacían con sonrisa y otros entristecidos, con lágrimas; a esos últimos no los entendía. Después, con el tiempo, analicé los sentimientos que ponían a llorar a algunos individuos que tenían que regresar a sus casas y les encontré explicación). Ese tráfico de humanos se dio en cuatro ocasiones mientras estuve en esta empresa. Cuando llegué yo no vi a los que se iban a casa para no volver, y en la cuarta me fui sin ver a los que llegaban. Te ibas a casa después de haber aprendido a beber y a fumar hachís (yo aproveché para dejar de fumar, ya que ya venía aprendido en esta materia y me pareció buena ocasión para dejar la cosa).
En el grupo de muchachos que llegaron, esta vez, había uno de esos con más edad, con ya bastantes canas. No sé qué edad podía tener, pero era de los que pidieron prórrogas (todas las posibles). No recuerdo su nombre, pero recuerdo pasar algunos ratos junto a él. Era farmacéutico y también había cursado ocho años de guitarra clásica (obteniendo la titulación superior). Me contó que en los veranos hacía giras con su hermano por Centroeuropa tocando el cancionero español (partituras de América y España, no solo canciones de compositores españoles, sino también de sudamericanos) y, dentro de aquel repertorio, había varias joyas que tocaba de forma fabulosa (él). Alfonsina y el Mar era una de ellas; me enseñó a tocarla.
Por aquellos años le daba bastante bien a la guitarra española (yo). En aquel momento practicaba bastante, ya que, aparte de beber (cosa que no podía hacer a menudo por falta de parné) y leer (el horario de la biblioteca era corto; no me llevaba libros de la biblio porque aquel lugar era un nido de chorizos y algunos ladrones no podían refrenar la oportunidad de apoderarse de lo ajeno, aunque fuese llevarse un libro que no se iban a leer ni vender), no tenía demasiadas cosas que hacer y siempre había alguna guitarra por ahí (lo de las guitarras en la compañía de los puentes flotantes me recuerda ahora a Borrull, un hombre de etnia gitana, de anchas espaldas, con un tatuaje a color de Cristo crucificado en su espalda y su guitarra... para otro día).
Me hice bastante amigo de aquel hombre (del primero, el de Alfonsina; Borrull estuvo muy pocos días en la compañía, además era un tío bastante solitario); me gustaba oírle con su guitarra (hablar también) y me enseñó a tocar varias cosas.
Emprendí con Alfonsina; en aquella partitura había un acorde que él manejaba con soltura y de una belleza estética tremenda, en el cual tenías que abrir los dedos sobre trastes muy alejados entre sí; una posición imposible que, según mi amigo maestro, era indispensable aprender para la correcta ejecución de la pieza. Aquella infernal disposición me parecía demasiado para mis posibilidades y, aunque finalmente logré hacerme con ella y meterla a tiempo, siempre me sentí incómodo al pasar por este compás. Finalmente busqué otra distribución más cómoda de las notas para este tremendo acorde y, de paso, hice lo mismo con otros. El tipo flipó con eso; yo flipé de que flipase con esta tontería. Él tocaba muchísimo mejor que yo, tenía el título del conservatorio, pero no analizaba demasiado las notas de los acordes... Recuerdo que me dijo:
—Tengo que empezar a hacer esto.
También recuerdo que una vez que yo me iba de fin de semana me dejó unas zapatillas Converse. Eran chulísimas, no eran como las que están de moda estos últimos años; nunca había visto aquel modelo antes y no lo he vuelto a ver. Me encantaban, me gustaban más que las John Smith (marca que las imitaba), que eran las que yo utilizaba.
Hoy este WhatsApp me ha hecho recordar y, por un rato, estoy echando de menos a aquel guitarrista canoso que me enseñó Alfonsina y el Mar en 1983. Recuerdo cosas de él, pero no recuerdo su nombre. Tenía bigote; en mi recuerdo se parece un poco a Peter Sellers.
¿Qué habrá sido de aquel muchacho?
Si alguien lee esto y sabe de un tipo amable, educado, valenciano, farmacéutico y guitarrista, podría decirle que me gustaría volver a hablar un rato con él.
Además, al recordarle, he echado de menos tocar la guitarra y me he comprado una. Más de cuarenta años después vuelvo a tener una guitarra. Me he dado cuenta de que ahora la toco fatal. No me vendría mal reencontrarme con él y que me diese unos pocos consejos.

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