Soy nómada por circunstancias, por convicción y por profesión. He vivido en numerosos lugares: París, Perpiñán, Manresa, Sant Joan de Vilatorrada, Zaragoza, Albarracín, Gea de Albarracín, Cedrillas, Manzanera y seguramente alguno más que en este momento no recuerdo. Además, durante muchos años recorrí infinidad de pueblos y ciudades como músico profesional. Hubo una época en la que actuaba en entre ciento veinte y ciento setenta poblaciones al año, colaborando simultáneamente con entre diez y veinte grupos de distintos estilos musicales.
Esto lo cuento para que os hagáis una idea de la cantidad de gente con la que me he cruzado y que entréis en contexto de lo que finalmente quiero exponer. Los músicos con los que he tocado seguramente son más que los habitantes de Valdeltormo hoy; y ya no digamos las personas con las que he compartido algún instante, esas seguramente se pueden contar por miles. He compartido escenarios, camerinos, comidas, cenas y conversaciones con muchas personas de todo tipo de ámbito social y cultural: políticos de todos los niveles, desde concejales de pueblo hasta altos cargos estatales e incluso de la Comunidad Europea; escritores sin éxito y otros con mucho éxito y renombre; actores muy conocidos y otros que no lo eran ni lo son; directores de cine; músicos de todo tipo y de todo el mundo; pintores de pincel fino, acuarelistas e ilustradores también muy finos; escultores; médicos de distintas especialidades; científicos; deportistas de élite; empresarios; agricultores; albañiles; enfermeras; carpinteros; e incluso he compartido tiempo con ladrones, traficantes, asesinos, falsificadores y todo tipo de fulleros, charlatanes y más.
Casi todos me han enseñado algo. Algunos, cosas que seguramente he incorporado a mi construcción como ser; otros me han mostrado lo que no quiero ser. Algunas de estas personas siguen en mi vida; sigo quedando con ellas alguna vez (cada vez menos) o nos saludamos por WhatsApp o correo electrónico. Varias de las que han permanecido lo han hecho por selección natural (no penséis que me he quedado con la élite social que he conocido; me he quedado con la ÉLITE); otras han desaparecido también por eso, y a otras las he apartado yo mismo. Algunas porque, con el tiempo, han demostrado ser personas tóxicas cuya falsedad acabas descubriendo; otras por egoísmo propio, ya que, aunque sean interesantes y aporten, han dejado de encajar en mi nuevo plan de vida; se llega una edad en la que te apetece perder menos el tiempo (por lo menos a mí).
Aunque mi nuevo plan consiste en socializar poco y pasar el máximo tiempo posible conmigo mismo, sigo teniendo comunicación, más o menos fluida, con un buen puñado de personas de los lugares donde he vivido o por los que he pasado. En mi agenda hay gente de Almería, Granada, Zaragoza, París, Perpiñán, Jaca, Teruel, Barcelona, Manresa, Sant Joan de Vilatorrada, Santpedor o Novosibirsk, por citar algunos lugares y sin dar nombres de personas.
De todos esos encuentros aprendí cosas, pero no puedo decir que conocí a esas personas; solamente pasé ratos con ellas y crucé palabras, pero no las conocí; para eso hace falta mucho más que cruzar unas cuantas frases. Hace ya años que llegué a la conclusión de que coincidir con alguien no significa conocerlo. Conocer de verdad a una persona requiere años, experiencias compartidas y, aun así, nunca se está seguro de quién es.
La cosa es que hubo un momento en que me cansé de tanta reunión y me planteé un nuevo plan de vida. Dejé los restaurantes, las noches, el ritmo frenético de actuaciones, me despedí de varias bandas y me fui a vivir a pueblos con el plan de encerrarme en casa para componer, escribir y cocinar, y lo conseguí. Pasé de tener una agenda repleta de compromisos a ser un huraño de poco dejarse ver y de poco hablar con la gente; me convertí, intencionadamente, en el día a día, en una persona de hola, adiós y poco más. Dejé mis discursos para la intimidad de esta ÉLITE que me acompaña en mi viaje personal y, en todo caso, de forma casual suelto alguna charla en algún evento al que no puedo evitar asistir y que me obliga a socializar (además sigo tocando con bastante gente).
Ayer hubo un encuentro de corales en Valdeltormo, que es el pueblo en el que vivo desde hace nueve años, y ocurrió algo que, a bote pronto, me sorprendió. Después lo analicé y no es tan raro que haya gente que juzgue sin datos o incluso que quiera hacer el mal porque son así de simples. Como he comentado, raramente salgo; incluso hay semanas que solamente saco la basura y no veo a nadie y, cuando lo hago, intento llevar a rajatabla lo del hola y adiós; vamos, que hablo muy poco con la gente, por lo cual no los conozco y ellos a mí tampoco. Conozco el aspecto que tienen muchos; de algunos (muy pocos, soy un desmemoriado para los nombres) incluso sé cómo se llaman, pero en realidad no los conozco y por lógica, tampoco me conocen a mí; por eso, a bote pronto, me sorprendió lo que ocurrió.
Antes de ir al grano, creo que tengo que contar mi relación con los Arrufat. Al poco de estar aquí fui al médico y en la sala de espera estaba Maribel, en mi memoria fue la primera charla relativamente larga que tuve con alguien del pueblo; es una mujer agradable, de conversación amena, que tiene un pacto con el diablo que le ha otorgado, a cambio de algo que desconozco, el don de la eterna juventud. Después, al tiempo, en el ayuntamiento conocí a su hijo Alfonso, un muchacho alegre, sonriente, atractivo (ha salido a la madre), ágil y activo. Por la conversación con su madre me enteré de que Guillermo, el padre, tenía una empresa de albañilería. Yo tenía que poner una estufa en casa y no conocía a nadie más, por lo cual me vino a huevo conocer a Alfonso y le pedí el teléfono de su padre. Le llamé y llegamos a un trato para la colocación de la estufa y su salida de humos. El trato con Guillermo fue exquisito, la obra perfecta, de un profesionalismo y una exquisitez dignos de todo elogio; me dejaron un tiro que va como un tiro. Desde entonces, siempre que me he vuelto a encontrar con Guillermo Arrufat hemos cruzado palabras amables y, en ocasiones, llenas de humor sarcástico. Son una familia que me cae muy bien, aunque no la conozca demasiado; también tienen una hija que es muy simpática.
La cosa es que Maribel (la de la eterna juventud) canta en la coral del pueblo y Guillermo fue a verla. Entonces me abordó y me dijo:
—Pero hombre, ¿cómo has podido escribir (“en mi libro Las 19 del Matarraña”) que la estufa que te coloqué explotó? ¿Cómo puedes haber dicho eso? ¡Ya nadie me va a llamar para que le coloque una estufa!
Enseguida deduje que no había leído el libro, que solo conocía un par de frases sacadas de contexto; según me decía, no solo sacadas de contexto, sino reescritas (qué pena). Le pregunté si se había leído el libro y me dijo que sí. Entonces le contesté:
—Si te lo has leído, es que o no me he explicado bien en el libro cosa que me duele o tu comprensión lectora es muy baja, cosa que debería dolerte a ti.
Al rato, compartiendo un vino en el ágape posterior a la actuación, volvió a venirme con el cuento de que después de leerlo había pasado una noche en blanco. Le dije, ya en tono serio:
—Guillermo, o no te has leído el libro o no sabes leer.
Entonces me confesó que no se había leído el libro, que alguien estaba haciendo correr un WhatsApp en el que yo ponía mal a Guillermo en el libro por la colocación de la estufa o algo así (eso me dijo). Le aclaré que estuviese tranquilo; lo único que había escrito sobre la estufa era para promocionar su empresa, lo mismo que he hecho con Alcober, la tienda de Yolanda y posiblemente con alguien más del pueblo que no recuerdo ahora. Añadí que, si alguien había variado el texto o lo había sacado de contexto (no he leído el WhatsApp que recibió Arrufat, por lo que seguro que me faltan datos y lo que desarrollo es una hipótesis basada en los sentimientos y la información que me dio Guillermo), pensaba que era alguien que me quiere mal a mí o que le quiere mal a él, y que había hecho circular una versión reescrita y manipulada del fragmento que aparece en el libro, sacando párrafos de contexto, porque en mi texto nadie que lo lea puede pensar que se diga nada malo de la instalación que me hizo Guillermo, por lo que concluí que lo recibido era algo malintencionado.
Si era a Guillermo a quien quería hacerle daño, mal; y si es a mí, cuán cutre ha de ser una persona para malquererme sin conocerme. Pienso que eso roza lo psicopático. Encima, al único que logró hacer daño fue a Guillermo y quizá a su mujer, que interpretaron que los había dejado mal en mi libro (tampoco entiendo mucho su sufrimiento, porque no pienso que este libro vaya a ser un superventas).
Además, aunque esta chimenea se hubiese incendiado en la vida real, cosa que no ha ocurrido, no habría sido culpa del trabajo de Guillermo. ¡Que es una novela, por Dios!
Si no hubiese estado implicada la familia Arrufat, nunca habría publicado esto en mi blog (que tampoco lo lee mucha gente), pero he querido aclararlo por simpatía hacia esta familia y para que quede constancia de lo que pienso y de la intención con la que fue escrito en el libro.
Por si quedase alguna duda sobre el trabajo que Guillermo Arrufat hizo con la estufa que nos instaló, declaro que es inmejorable y que solo puedo elogiarlo. Y, lo más importante para mí, es que todo el clan familiar me cae la mar de bien y me parecen personas honradas y muy majas. Claro que, como he intentado explicar al principio, y al igual que me ocurre con casi todas las personas del pueblo, no los conozco lo suficiente como para emitir un juicio sobre ellos, pero los Arrufat me transmiten esas sensaciones de buen rollo y, cuando veo a cualquiera de ellos, se me dibuja una sonrisa en la cara.
El que redacto el mensaje solo consiguió darle un quebradero de cabeza innecesario a Guillermo y quizá a su mujer, que espero que se disipe totalmente al leer el libro que ya sé que tienen.
Chis, pum.

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