CURA





Dr. Miquel Cura i Morera (1946-2002). Miembro Real Academia de Bellas Artes de Sant Jordi, de la Real Academia de las Buenas Letras de Barcelona, secretario científico del Instituto de Prehistoria, Arqueología, Arqueólogo y más.




Mi nula vocación y la falta de práctica, supongo, eran los culpables de mis bajas calificaciones, pero como aquella escuela de pago era de baja exigencia, me daba para ir aprobando y me dejaba dedicarme a lo que verdaderamente me gustaba: jugar al fútbol, a las canicas, al escondite, a tirar con arco y más cosas.

Este buen vivir fue hasta el último curso de EGB. En este último hubo un cambio sustancial. Aquel profe de pelo rojo, barba de chivo y de una sabiduría brutal lo cambió todo, y lo que fue hasta entonces aprobar sin dar bola dejó de ser: o estudiabas o no aprobabas. Las materias que él impartió dieron un vuelco. Tuvimos que estudiarnos la tabla periódica de los elementos; después nos enseñó a formular óxidos, hidruros, sales, ácidos, alcoholes y mil mierdas más. ¡Que éramos unos críos, no unos científicos!

No volvimos a abrir el libro de Historia; ni el de Historia ni ninguno de los de las asignaturas que él daba. Se saltó la apacible prehistoria (y eso que era un erudito en el tema) y todo lo que le seguía hasta el asesinato de Francisco Fernando de Austria; empezó a profundizar desde ese momento. Aquel año seguro que nos hubiesen convalidado primero de Historia Contemporánea en la uni y Química del bachillerato. En francés siempre había sacado sobresaliente y, con el Cura, en el primer examen, saqué un notable (¡que soy francés, joder!).

El Cura no solo trajo sabiduría académica, trajo a unos alumnos con él. Unos cuantos tíos y una tía (despampanante Judit), todos de otro planeta. Yo siempre había vivido en barrio y no conocía, ni siquiera imaginaba que existiese ese tipo de gente. Eran raros de cojones, su comportamiento era dudoso, casi no interactuaban con nosotros. O nos tenían miedo o tenían un plan oscuro. Eran extremadamente educados, vestían de manera diferente; me molaba mucho la ropa que llevaban. También su material escolar era distinto.

Después de los meses empezamos a conocer cosas: sus padres tenían trabajos diferentes a los nuestros. Uno, en verano, iría a hacer unas pruebas con el Barça; jugaba bastante bien, pero tampoco era el mejor del recreo (yo metía muchos más goles que él). Era el único de esos que  desde el primer día jugó al fútbol con nosotros; a finales de otoño alguno más se apuntó. Uno de esos que se apuntó era un chaval muy amable; desapareció unos días. Cuando volvió, el director nos dijo que había estado compitiendo en el mundial de esquí, ¿en Suiza?

Se acabó el curso y no me volví a cruzar con ninguno de aquellos seres cósmicos ni con el Cura.

El Cura ha sido el mejor profe que he tenido, incluyendo los de música. Era exigente, fumaba en pipa y, sobre la mesa, siempre tenía el Interviú, que cuando no nos veía, hojeábamos sus hojas en color con devoción.

Un día leí: «Miquel Cura i Morera es uno de los implicados en el asalto al cuartel de Berga».

WhatsApp y algo más



Olivo Matarraña - José Manue Chamorro


Aquí dejo este dibujo de José Manuel Chamorro que sale en el libro Las 19 del Matarraña. En esta foto se puede ver el color que tiene la versión original, cosa que no se aprecia en el libro, ya que las ilustraciones son todas en blanco y negro. Este olivo me gusta mucho, me mola este aire de cómic que le encuentro (le encuentro yo, quizá otra persona ve otra cosa; soy muy, muy fan de los cómics). La verdad es que me gustan todos los olivos que salen en el libro. La cosa es que, aparte de la calidad artística de los dibujos, me molan porque no compiten entre ellos, ya que cada uno refleja un estilo distinto (eso me gusta mucho). Creo recordar que son cinco (olivos), cada uno con su interés particular y con mucho que observar si te detienes un rato.

Por ejemplo, este que dejo hoy tiene sus cosas particulares (como también las tienen los otros cuatro). Si te fijas, y aunque soy de la creencia de que el arte no hay que explicarlo, ya que cada cual lo ve a su manera, hoy voy a desvelar unas cosicas. Este dibujo sale en la página diecinueve, en el capítulo que se titula Mi nuevo hogar. En este olivo se muestra un mapa oculto que viene muy a cuento con el título del capítulo en cuestión. No fue algo hecho a propósito, pero se da esta coincidencia. En ocasiones, los elementos se alinean por causas que se nos escapan; en este hecho, la causa que aúna mi nuevo hogar y este olivo le podríamos llamar azar. Además, el azar es uno de los elementos destacados en el libro (sobre todo en su primera parte).

A este dibujo me gusta llamarle El Olivo Matarraña. El nombre es porque, si lo buscas, encontrarás el mapa, el mapa de mi nuevo hogar.




Lo que tienen los libros:

Cuando me pongo a escribir (es mi caso, claro; cada uno tiene sus propias sensaciones y maneras. Supongo), muchas veces no sé ni de qué voy a escribir.

En este caso, en Las 19, tenía un par de cosas claras antes de ponerme a escribir, una de ellas era que no quería mostrar los rincones más conocidos de los pueblos de los que iba a escribir, ni destacar lo más bello. No quería mostrar lo evidente de los pueblos y, en las historias, quería también alejarme de las más conocidas, más comunes o leyendas. No quería que se pareciese en nada a un trabajo periodístico ni histórico. La cosa es que quería quedarme en lo pequeño de cada pueblo y hablar a su vez de las cosas más pequeñas; las grandes, la belleza que se ve a simple vista, están documentadas en las guías turísticas, artículos o libros de investigación sobre la zona o simplemente se descubren paseando por ellos. Siempre nos fijamos en lo evidente (que mola mucho, pero en esta ocasión no vi la necesidad de contarlo) y se nos escapa lo menos significativo, lo menos evidente; pues eso pequeño es lo que intenté enseñar de los lugares y las personas que me encontré.

En la historia de Cretas hablo de esto; en este relato explico lo que intento mostrar del paisaje del Matarraña. También en las historias busqué lo pequeño y más filosófico, intenté huir de lo macro y lo espectacular.

De todas maneras, el título (ya ambiguo de por sí: ¿Las 19 historias? ¿Las 19 mujeres? ¿Las 19 cosas? ¿Las 19 pozas? ¿Las 19...?) te puede llevar a pensar que te vas a encontrar una cosa y, al leerlo, se expone otra que no te esperabas. Eso también es voluntario; todos los libros son del lector, cada lector lee un libro distinto, aunque en su interior sean las mismas palabras, puntos y comas.

Yo escribí con una intención y con unas ideas, pero una vez vuela a otras manos, a otros ojos, a otras mentes, eso desaparece y los pensamientos del que lo escribe dejan de tener valor alguno. Más o menos esto (hay más, pero sería muy largo. Jijiji).


Hasta aquí es un WhatsApp que escribí a una lectora que me comentó que echaba de menos que destacase las cosas más bellas de su pueblo, que hablase de sus calles empedradas, sus espectaculares balcones, sus…


Es curioso las mil formas, en este caso cientos (el libro no ha llegado, ni pienso que llegue, a miles de lectores), de leer un libro. Los comentarios que me han hecho lectores son múltiples. Algunos me han sorprendido, como por ejemplo cuando Salvador me confirmó que conocía al amigo que se hizo amigo de mi amigo Jean Luc en Valdeltormo; incluso me dijo dónde vivía (el amigo de mi amigo). También me sorprenden las deducciones sobre cosas que ni siquiera sabía que estaban en estos textos, que nunca se me habían pasado por la imaginación, ni se acercaron a mi intención. Me gustó que me comentasen que se rieron leyéndolo tanto Francisco Rivas (abogado de pro), Fernando Jordán (gestor de renombre, al que le cogí prestado su nombre para darle categoría de juez en el cuento de El último reo de La Portellada) o Ester Escofet (la de la casa que más me gusta de mi pueblo).

También los hay que se han “malhumorado” por la falta de datos históricos; estos últimos, muchas veces, de paso, me muestran su saber y me llenan de datos sobre los lugares matarrañeses y más, que desgraciadamente, dada mi mala memoria, no logro retener. Me agrada saber que a algunos les despertó la curiosidad por ¿quién será este tío o dónde estará este sitio? O incluso haberles descubierto un rincón de su pueblo en el que nunca se habían fijado.

Aún recuerdo cuando Octaví Serret me comentó que no recordaba al Anastasio de Una visión única, que no sabía quién era (él, que conoce a casi todo el mundo de Valderrobres). Me gustó mucho cuando una tal Isabel me comentó que buscó y se leyó el libro de Stefan Zweig que se estaba leyendo la protagonista de la historia de Torres de Arcas. O Francisco Rabat, que me comentó que una vez conoció a un tal Esteban Zapata que era cantante de orquesta (sale uno con este nombre en la de Fuentespalda). Ya no digamos gente que me ha dado pistas sobre el libro verde del que hablo en la historia del Mas del Llaurador. O el que se atrevió con la receta que aparece en la página noventa y cuatro del libro. O que Juana cambiase de actitud al leer el mensaje pseudofilosófico de Santiago Blanc Serrat de Pañarroya y le llevase a pensar que hay cosas bellas más allá de su paisaje. O cuando Natalia me comentó que estuvo varios días dándole vueltas al discurso del francés que fumaba en pipa en la Font Vella y un día me pidió que le diese sentido al tema (creo que no supe hacerlo. Creo).

La experiencia de saber sobre los lectores que se han acercado o me han escrito para explicarme lo que han sentido o hacerme preguntas me ha molado mucho; no esperaba tanta cosa. En resumen, claramente, Las 19 hace días que dejó de ser mío.

Huy… Me dejaba de comentar una crítica que me hizo Ramón Mur cuando presenté el libro en la Casa Filou de Belmonte de San José. El hombre vino con apuntes y todo. Creo que es la persona, de los que le han intentado encontrar un sentido al todo, que más se ha acercado a lo que intenté plasmar en el libro (no sé yo si eso es bueno o no). También me descubrió cosas que ignoraba y que supuestamente están en Las 19 del Matarraña. Es un tipo simpático, muy curioso y espabilao, me pareció majo. Ya vale.

Qué habrá sido de él




    El recuerdo y la memoria son dos temas que hace ya mucho que me atraen y sobre los que he buscado información especializada y también, por mi cuenta, he analizado con frecuencia.

Hoy me han enviado por WhatsApp un enlace donde Avishai Cohen canta Alfonsina y el Mar. Lo primero que me vino a la cabeza la primera vez que la oí (la versión de Cohen, ya hace unos años que la conozco) fue: «Joder, el tipo sabe hablar en español». Al ver el título en el enlace he recordado y he buscado la versión de Mercedes Sosa que tantas veces había escuchado años atrás (dicho sea que me gusta más que la del afamado contrabajista israelí, que tiene también su cosa, pero para mí no tanta) y eso me ha llevado a recordar a una persona con la cual compartí algunos ratos; de repente, hoy se ha abierto un poquito la puerta que da acceso a la nostalgia.

Es curioso cómo se manejan los recuerdos; si no me hubiesen enviado este WhatsApp con la versión de Cohen, no hubiese recordado a Mercedes Sosa y tampoco hubiese vuelto a mí la imagen de aquel tipo con canas tocando una versión inmaculada de Alfonsina y el Mar con una afinada guitarra.

Corría el año 1983 y yo me encontraba en Monzalbarba haciendo un servicio indecoroso (por mi parte) e ineludible (también por mi parte) por la patria en el Regimiento (creo recordar que el término regimiento es el correcto para describir dónde me encontraba, pero podría ser otro) de Pontoneros, en la Compañía de Puentes Flotantes de cincuenta toneladas. Del trajinar de vigas para hacer el tremendo puente alemán sobre el río Ebro podría hablar largo y tendido; este no va a ser el caso, pero, para aclarar un poco, para situar la acción, he de decir que cada tres meses, en aquel cuartel militar, venía un grupo de muchachos asustados y se iban otros tantos (de estos que partían para no volver, unos lo hacían con sonrisa y otros entristecidos, con lágrimas; a esos últimos no los entendía. Después, con el tiempo, analicé los sentimientos que ponían a llorar a algunos individuos que tenían que regresar a sus casas y les encontré explicación). Ese tráfico de humanos se dio en cuatro ocasiones mientras estuve en esta empresa. Cuando llegué yo no vi a los que se iban a casa para no volver, y en la cuarta me fui sin ver a los que llegaban. Te ibas a casa después de haber aprendido a beber y a fumar hachís (yo aproveché para dejar de fumar, ya que ya venía aprendido en esta materia y me pareció buena ocasión para dejar la cosa).

En el grupo de muchachos que llegaron, esta vez, había uno de esos con más edad, con ya bastantes canas. No sé qué edad podía tener, pero era de los que pidieron prórrogas (todas las posibles). No recuerdo su nombre, pero recuerdo pasar algunos ratos junto a él. Era farmacéutico y también había cursado ocho años de guitarra clásica (obteniendo la titulación superior). Me contó que en los veranos hacía giras con su hermano por Centroeuropa tocando el cancionero español (partituras de América y España, no solo canciones de compositores españoles, sino también de sudamericanos) y, dentro de aquel repertorio, había varias joyas que tocaba de forma fabulosa (él). Alfonsina y el Mar era una de ellas; me enseñó a tocarla.

Por aquellos años le daba bastante bien a la guitarra española (yo). En aquel momento practicaba bastante, ya que, aparte de beber (cosa que no podía hacer a menudo por falta de parné) y leer (el horario de la biblioteca era corto; no me llevaba libros de la biblio porque aquel lugar era un nido de chorizos y algunos ladrones no podían refrenar la oportunidad de apoderarse de lo ajeno, aunque fuese llevarse un libro que no se iban a leer ni vender), no tenía demasiadas cosas que hacer y siempre había alguna guitarra por ahí (lo de las guitarras en la compañía de los puentes flotantes me recuerda ahora a Borrull, un hombre de etnia gitana, de anchas espaldas, con un tatuaje a color de Cristo crucificado en su espalda y su guitarra... para otro día).

Me hice bastante amigo de aquel hombre (del primero, el de Alfonsina; Borrull estuvo muy pocos días en la compañía, además era un tío bastante solitario); me gustaba oírle con su guitarra (hablar también) y me enseñó a tocar varias cosas.

Emprendí con Alfonsina; en aquella partitura había un acorde que él manejaba con soltura y de una belleza estética tremenda, en el cual tenías que abrir los dedos sobre trastes muy alejados entre sí; una posición imposible que, según mi amigo maestro, era indispensable aprender para la correcta ejecución de la pieza. Aquella infernal disposición me parecía demasiado para mis posibilidades y, aunque finalmente logré hacerme con ella y meterla a tiempo, siempre me sentí incómodo al pasar por este compás. Finalmente busqué otra distribución más cómoda de las notas para este tremendo acorde y, de paso, hice lo mismo con otros. El tipo flipó con eso; yo flipé de que flipase con esta tontería. Él tocaba muchísimo mejor que yo, tenía el título del conservatorio, pero no analizaba demasiado las notas de los acordes... Recuerdo que me dijo:
—Tengo que empezar a hacer esto.

También recuerdo que una vez que yo me iba de fin de semana me dejó unas zapatillas Converse. Eran chulísimas, no eran como las que están de moda estos últimos años; nunca había visto aquel modelo antes y no lo he vuelto a ver. Me encantaban, me gustaban más que las John Smith (marca que las imitaba), que eran las que yo utilizaba.

Hoy este WhatsApp me ha hecho recordar y, por un rato, estoy echando de menos a aquel guitarrista canoso que me enseñó Alfonsina y el Mar en 1983. Recuerdo cosas de él, pero no recuerdo su nombre. Tenía bigote; en mi recuerdo se parece un poco a Peter Sellers.

¿Qué habrá sido de aquel muchacho?

Si alguien lee esto y sabe de un tipo amable, educado, valenciano, farmacéutico y guitarrista, podría decirle que me gustaría volver a hablar un rato con él.

Además, al recordarle, he echado de menos tocar la guitarra y me he comprado una. Más de cuarenta años después vuelvo a tener una guitarra. Me he dado cuenta de que ahora la toco fatal. No me vendría mal reencontrarme con él y que me diese unos pocos consejos.

SER CUTRE

  



Soy nómada por circunstancias, por convicción y por profesión. He vivido en numerosos lugares: París, Perpiñán, Manresa, Sant Joan de Vilatorrada, Zaragoza, Albarracín, Gea de Albarracín, Cedrillas, Manzanera y seguramente alguno más que en este momento no recuerdo. Además, durante muchos años recorrí infinidad de pueblos y ciudades como músico profesional. Hubo una época en la que actuaba en entre ciento veinte y ciento setenta poblaciones al año, colaborando simultáneamente con entre diez y veinte grupos de distintos estilos musicales.

Esto lo cuento para que os hagáis una idea de la cantidad de gente con la que me he cruzado y que entréis en contexto de lo que finalmente quiero exponer. Los músicos con los que he tocado seguramente son más que los habitantes de Valdeltormo hoy; y ya no digamos las personas con las que he compartido algún instante, esas seguramente se pueden contar por miles. He compartido escenarios, camerinos, comidas, cenas y conversaciones con muchas personas de todo tipo de ámbito social y cultural: políticos de todos los niveles, desde concejales de pueblo hasta altos cargos estatales e incluso de la Comunidad Europea; escritores sin éxito y otros con mucho éxito y renombre; actores muy conocidos y otros que no lo eran ni lo son; directores de cine; músicos de todo tipo y de todo el mundo; pintores de pincel fino, acuarelistas e ilustradores también muy finos; escultores; médicos de distintas especialidades; científicos; deportistas de élite; empresarios; agricultores; albañiles; enfermeras; carpinteros; e incluso he compartido tiempo con ladrones, traficantes, asesinos, falsificadores y todo tipo de fulleros, charlatanes y más.

Casi todos me han enseñado algo. Algunos, cosas que seguramente he incorporado a mi construcción como ser; otros me han mostrado lo que no quiero ser. Algunas de estas personas siguen en mi vida; sigo quedando con ellas alguna vez (cada vez menos) o nos saludamos por WhatsApp o correo electrónico. Varias de las que han permanecido lo han hecho por selección natural (no penséis que me he quedado con la élite social que he conocido; me he quedado con la ÉLITE); otras han desaparecido también por eso, y a otras las he apartado yo mismo. Algunas porque, con el tiempo, han demostrado ser personas tóxicas cuya falsedad acabas descubriendo; otras por egoísmo propio, ya que, aunque sean interesantes y aporten, han dejado de encajar en mi nuevo plan de vida; se llega una edad en la que te apetece perder menos el tiempo (por lo menos a mí).

Aunque mi nuevo plan consiste en socializar poco y pasar el máximo tiempo posible conmigo mismo, sigo teniendo comunicación, más o menos fluida, con un buen puñado de personas de los lugares donde he vivido o por los que he pasado. En mi agenda hay gente de Almería, Granada, Zaragoza, París, Perpiñán, Jaca, Teruel, Barcelona, Manresa, Sant Joan de Vilatorrada, Santpedor o Novosibirsk, por citar algunos lugares y sin dar nombres de personas.

De todos esos encuentros aprendí cosas, pero no puedo decir que conocí a esas personas; solamente pasé ratos con ellas y crucé palabras, pero no las conocí; para eso hace falta mucho más que cruzar unas cuantas frases. Hace ya años que llegué a la conclusión de que coincidir con alguien no significa conocerlo. Conocer de verdad a una persona requiere años, experiencias compartidas y, aun así, nunca se está seguro de quién es.

La cosa es que hubo un momento en que me cansé de tanta reunión y me planteé un nuevo plan de vida. Dejé los restaurantes, las noches, el ritmo frenético de actuaciones, me despedí de varias bandas y me fui a vivir a pueblos con el plan de encerrarme en casa para componer, escribir y cocinar, y lo conseguí. Pasé de tener una agenda repleta de compromisos a ser un huraño de poco dejarse ver y de poco hablar con la gente; me convertí, intencionadamente, en el día a día, en una persona de hola, adiós y poco más. Dejé mis discursos para la intimidad de esta ÉLITE que me acompaña en mi viaje personal y, en todo caso, de forma casual suelto alguna charla en algún evento al que no puedo evitar asistir y que me obliga a socializar (además sigo tocando con bastante gente).

Ayer hubo un encuentro de corales en Valdeltormo, que es el pueblo en el que vivo desde hace nueve años, y ocurrió algo que, a bote pronto, me sorprendió. Después lo analicé y no es tan raro que haya gente que juzgue sin datos o incluso que quiera hacer el mal porque son así de simples. Como he comentado, raramente salgo; incluso hay semanas que solamente saco la basura y no veo a nadie y, cuando lo hago, intento llevar a rajatabla lo del hola y adiós; vamos, que hablo muy poco con la gente, por lo cual no los conozco y ellos a mí tampoco. Conozco el aspecto que tienen muchos; de algunos (muy pocos, soy un desmemoriado para los nombres) incluso sé cómo se llaman, pero en realidad no los conozco y por lógica, tampoco me conocen a mí; por eso, a bote pronto, me sorprendió lo que ocurrió.

Antes de ir al grano, creo que tengo que contar mi relación con los Arrufat. Al poco de estar aquí fui al médico y en la sala de espera estaba Maribel, en mi memoria fue la primera charla relativamente larga que tuve con alguien del pueblo; es una mujer agradable, de conversación amena, que tiene un pacto con el diablo que le ha otorgado, a cambio de algo que desconozco, el don de la eterna juventud. Después, al tiempo, en el ayuntamiento conocí a su hijo Alfonso, un muchacho alegre, sonriente, atractivo (ha salido a la madre), ágil y activo. Por la conversación con su madre me enteré de que Guillermo, el padre, tenía una empresa de albañilería. Yo tenía que poner una estufa en casa y no conocía a nadie más, por lo cual me vino a huevo conocer a Alfonso y le pedí el teléfono de su padre. Le llamé y llegamos a un trato para la colocación de la estufa y su salida de humos. El trato con Guillermo fue exquisito, la obra perfecta, de un profesionalismo y una exquisitez dignos de todo elogio; me dejaron un tiro que va como un tiro. Desde entonces, siempre que me he vuelto a encontrar con Guillermo Arrufat hemos cruzado palabras amables y, en ocasiones, llenas de humor sarcástico. Son una familia que me cae muy bien, aunque no la conozca demasiado; también tienen una hija que es muy simpática.

La cosa es que Maribel (la de la eterna juventud) canta en la coral del pueblo y Guillermo fue a verla. Entonces me abordó y me dijo:
—Pero hombre, ¿cómo has podido escribir (“en mi libro Las 19 del Matarraña”) que la estufa que te coloqué explotó? ¿Cómo puedes haber dicho eso? ¡Ya nadie me va a llamar para que le coloque una estufa!

Enseguida deduje que no había leído el libro, que solo conocía un par de frases sacadas de contexto; según me decía, no solo sacadas de contexto, sino reescritas (qué pena). Le pregunté si se había leído el libro y me dijo que sí. Entonces le contesté:
—Si te lo has leído, es que o no me he explicado bien en el libro cosa que me duele o tu comprensión lectora es muy baja, cosa que debería dolerte a ti.

Al rato, compartiendo un vino en el ágape posterior a la actuación, volvió a venirme con el cuento de que después de leerlo había pasado una noche en blanco. Le dije, ya en tono serio:
—Guillermo, o no te has leído el libro o no sabes leer.

Entonces me confesó que no se había leído el libro, que alguien estaba haciendo correr un WhatsApp en el que yo ponía mal a Guillermo en el libro por la colocación de la estufa o algo así (eso me dijo). Le aclaré que estuviese tranquilo; lo único que había escrito sobre la estufa era para promocionar su empresa, lo mismo que he hecho con Alcober, la tienda de Yolanda y posiblemente con alguien más del pueblo que no recuerdo ahora. Añadí  que, si alguien había variado el texto o lo había sacado de contexto (no he leído el WhatsApp que recibió Arrufat, por lo que seguro que me faltan datos y lo que desarrollo es una hipótesis basada en los sentimientos y la información que me dio Guillermo), pensaba que era alguien que me quiere mal a mí o que le quiere mal a él, y que había hecho circular una versión reescrita y manipulada del fragmento que aparece en el libro, sacando párrafos de contexto, porque en mi texto nadie que lo lea puede pensar que se diga nada malo de la instalación que me hizo Guillermo, por lo que concluí que lo recibido era algo malintencionado.

Si era a Guillermo a quien quería hacerle daño, mal; y si es a mí, cuán cutre ha de ser una persona para malquererme sin conocerme. Pienso que eso roza lo psicopático. Encima, al único que logró hacer daño fue a Guillermo y quizá a su mujer, que interpretaron que los había dejado mal en mi libro (tampoco entiendo mucho su sufrimiento, porque no pienso que este libro vaya a ser un superventas).

Además, aunque esta chimenea se hubiese incendiado en la vida real, cosa que no ha ocurrido, no habría sido culpa del trabajo de Guillermo. ¡Que es una novela, por Dios!

Si no hubiese estado implicada la familia Arrufat, nunca habría publicado esto en mi blog (que tampoco lo lee mucha gente), pero he querido aclararlo por simpatía hacia esta familia y para que quede constancia de lo que pienso y de la intención con la que fue escrito en el libro.

Por si quedase alguna duda sobre el trabajo que Guillermo Arrufat hizo con la estufa que nos instaló, declaro que es inmejorable y que solo puedo elogiarlo. Y, lo más importante para mí, es que todo el clan familiar me cae la mar de bien y me parecen personas honradas y muy majas. Claro que, como he intentado explicar al principio, y al igual que me ocurre con casi todas las personas del pueblo, no los conozco lo suficiente como para emitir un juicio sobre ellos, pero los Arrufat me transmiten esas sensaciones de buen rollo y, cuando veo a cualquiera de ellos, se me dibuja una sonrisa en la cara.

El que redacto el mensaje solo consiguió darle un quebradero de cabeza innecesario a Guillermo y quizá a su mujer, que espero que se disipe totalmente al leer el libro que ya sé que tienen.

Chis, pum.

SEÑALADO

 

      El Balasch (yo) y el Puri (él)


Desde que recuerdo he sido señalado; posiblemente el tema venga de antes que tuviese memoria de mi paseo terrestre, incluso, antes de nacer. Me han señalado por muchas cosas, pero sobre todo por ser extranjero. Yo nací extranjero y lo he seguido siendo siempre, independientemente del lugar donde he vivido.

Nací español en Francia. No recuerdo cuándo fui consciente de que, aunque había nacido en París y solo sabía hablar francés con un acento parisino, ellos me señalaban como “el español”, me di cuenta de que había nacido extranjero; también dio la casualidad de que heredé el nombre de mi abuelo Ángel, que en Francia es nombre de niña. Por esto también fui señalado. Si, por ejemplo, hubiese nacido de padres italianos o portugueses, que eran a los otros que los autóctonos también señalaban a sus hijos, es estos casos como “el italiano” o “el portugués”, me hubiese llamado Angelo o Ângelo, y eso hubiese dejado las cosas más claras y no me hubiesen señalado por este asunto.

A los años, nos fuimos a vivir a Sant Joan de Vilatorrada (Cataluña). Al llegar no sabía hablar español, pero no tardé demasiado en aprenderlo; todo el día me lo pasaba en la calle jugando con otros niños. En un mes ya hablaba un castellano bastante fluido, con sus tacos y todo (nunca hubiese imaginado que un idioma pudiese tener tantas palabras para insultar). Mis compañeros de juego no tardaron demasiado en bautizarme y me señalaron como “el francés”; en ocasiones también me llamaban “el franchute”. Supongo que a mis espaldas lo harían más a menudo; aunque cuando estaba presente intentaban no utilizar la segunda opción, supongo que para no ofenderme, y tenían el cuidado de utilizar, para llamarme, la forma más cortés: “el francés”. La cosa es que a mí no me ofendía ni una cosa ni otra; a mí solo me interesaba meter goles.

Con los años, me hice mayor y el Estado me dio la opción de elegir entre ser francés o español; lo único que debía hacer era ir a hacer el servicio militar a Francia o a España. Sopesé la situación, pero en Francia el servicio a la patria era de dos años y en España de uno; si hubiese sido al revés, seguramente tendría carnet de identidad francés y entonces el llamarme “el francés” hubiese correspondido con la realidad oficial, aunque seguramente hubiese seguido siendo doblemente señalado. La cosa es que serví a la patria en Zaragoza y volvieron a apellidarme y señalarme, esta vez como “el polaco”; a los que veníamos de Cataluña, en el cuartel nos llamaban polacos. Después del servicio obligatorio y de prepararme de forma exhaustiva para defender a mi patria en un supuesto ataque enemigo, volví a Sant Joan.

Al año o dos, por temas laborales, volví a Zaragoza, esta vez para vivir (me quedé, grosso modo, treinta años); también me rebautizaron de nuevo: esta vez pasé a ser “el catalán”.

La verdad es que, con el paso del tiempo, la gente se aburre un poco de eso o se olvida y pasan a llamarme por mi nombre, por lo menos cuando estoy presente. También me di cuenta de que, cuando me fui de Zaragoza a vivir a otros lugares, eso sí, todos en Aragón, me llamaban por mi nombre, o eso pensaba, ya que en una cena con unas amistades del pueblo, después de pimplarnos unas botellas de buenos vinos y con una sobremesa larga de esas en las que salen a relucir algunos secretillos que, de otra manera, por ejemplo tomando un café o un té, nadie confesaría, uno de mis invitados me desveló que aquí también me habían bautizado y que para varios sigo siendo un extranjero; el gentilicio que utilizan para señalarme en este lugar es “el rojillo”.

Bueno, está claro que este estigma siempre me ha perseguido y pienso que siempre me acompañará. Claro que la decisión de señalarme como “el español”, “el francés”, “el franchute”, “el polaco”, “el catalán” o “el rojillo” es cosa de los demás; son los otros los que me sitúan y señalan.

Escribo sobre esto porque me gusta analizar las cosas, pero no es algo que me importe; además, no me siento de ningún lugar en concreto, quizá por eso me han señalado en todos los lugares donde he  vivido.

Chis, pum.

Las 19 del Matarraña

 



    Las 19 del Matarraña es un viaje en relatos breves que recorre, pueblo a pueblo, la comarca del Matarraña, entre historias verdaderas, emociones compartidas y toques de imaginación. Durante casi dos años estuve reuniendo testimonios, anécdotas y vivencias que dieron forma a diecinueve historias, una por cada pueblo, donde se reflexiona sobre la memoria, la infancia, la guerra, el abandono y la identidad.

    Los relatos esconden guiños musicales, cinematográficos y literarios y, de manera sutil, ponen en valor los productos locales y los paisajes menos conocidos de la comarca.

El libro se acompaña de las ilustraciones de José Manuel Chamorro, que dan vida visual a este viaje por uno de los rincones más singulares de Aragón.

También quiero destacar el exquisito trabajo de maquetación y diseño a cargo de Óscar Baiges.

Dónde comprar Las 19 del Matarraña

 






Durante la pandemia, por un encargo que finalmente se frustró, escribí este libro de relatos breves del Matarraña, que podréis encontrar a partir del martes 31 de marzo de 2026 en varias librerías de la zona. Aún tardaré quince o veinte días en colgarlo en Amazon; me gusta la idea de que esté antes en librerías y, sobre todo, en las de la comarca del Bajo Aragón Histórico.

Hay gente de fuera de la zona que ha mostrado interés en el libro, y pienso que Amazon es el método más sencillo que tengo para que les llegue (el de librería es más elegante: tiene solapas. Jiji). Aunque, como en muchas ocasiones me faltan datos para asegurarlo, estoy seguro de que alguna de estas librerías podrá venderlo online.

Las 19 del Matarraña es un viaje en relatos breves que recorre, pueblo a pueblo, la comarca del Matarraña, entre historias verdaderas, emociones compartidas y toques de imaginación. Durante casi dos años estuve reuniendo testimonios, anécdotas y vivencias que dieron forma a diecinueve historias, una por cada pueblo, donde se reflexiona sobre la memoria, la infancia, la guerra, el abandono y la identidad.

Los relatos esconden guiños musicales, cinematográficos y literarios y, de manera sutil, ponen en valor los productos locales y los paisajes menos conocidos de la comarca.

El libro se acompaña de las ilustraciones de José Manuel Chamorro, que dan vida visual a este viaje por uno de los rincones más singulares de Aragón.

También quiero destacar el exquisito trabajo de maquetación y diseño a cargo de Óscar Baiges



Solo en el bosque



 —¡Hola!

No hay nadie en casa. Hoy me han dado la tarde libre en el curro; habrá quedado con sus amigas. Me siento en el sofá. Estoy agotado. Gritos de placer se clavan en mi cerebro. Me tiemblan las piernas. La evidencia está detrás de la puerta de mi habitación. Abro la puerta.
No he vuelto a saber de ella.

Dos años más tarde, he recuperado el ánimo. Siento la necesidad de volver a emparejarme.
Solo.

Ando por parajes desconocidos. Solo.
Humedad.
Llovió hace poco, me parece que fue el sábado. Clavo mi dedo en el musgo; noto lo húmedo.

Es la primera vez que ando por aquí, la primera vez que voy solo de excursión. Me siento en una piedra, saco el paquete de Marlboro corto, me enciendo el pitillo. El sol se abre camino entre los árboles, me calienta el rostro. El humo del cigarro vuela libre por muchos metros, se disipa entre los pinos, rompe el aroma a naturaleza. Seguro que cualquier animal del bosque ya sabe de mi presencia.
Los humanos somos lo peor.

Un petirrojo se ha posado a escasos metros de mí. Me observa.
Hace ya cuatro o cinco minutos que me acabé el cigarro. Sigo en el mismo lugar, sobre la piedra fría, que poco a poco se ha ido templando.
Cierro los ojos. El sol calienta mi rostro.

Me incorporo y echo a andar.
Solo.

En un claro del bosque veo una familia de Tricholoma terreum. No tengo cesta; está en el coche.
Eclosión.

Sigo andando. Me siento en una roca, fría. Estoy en la sombra.
Veo pasar un ciervo: grande, fuerte, solo. Gira el cuello, me observa, se va al trote.
Majestuoso animal.

Saco mi cantimplora. Bebo.
Observo.
Veo un Hygrophorus latitabundus. Me acerco. Al menos hay seis.
Son cinco.

Sigo andando.
Solo.

Miro entre las ramas del boj. Latitabundus: cuatro, siete, doce.
Sigo.
Llevo contadas más de cuarenta llanegas.
Saco el bocata de mi mochila. Hinco el diente.

Le ofrezco un trozo de fuet. Se lo zampa.
Sigo comiendo. Me mira con carita de pena; parece simpático.
Apesta.
Le doy un trozo de pan. Lo olisquea. Me mira.

—Si te comes este pan, te doy un trozo de fuet.

Se zampa el pan. Exige. Se zampa el fuet.

Decido desandar lo caminado. Él me sigue.
Ando con compañía.
Llego al coche, cojo la cesta y la navaja.
Camino con el perro. Ya no estoy solo.

Empiezo a recolectar las Tricholomas, aterciopelados, como pelos de ratón.
El perro chafa unas cuantas (cosa de perros).
Encesto las llanegas.

—Guau, guau.

Ha detectado algo. El chucho se pone nervioso.
Debe de haber algún animal cerca (aparte de mí).
Decide ir tras él —ese animal invisible—.
Le sigo.

Andamos durante más de una hora. En varias ocasiones me he dado la vuelta e intentado dejarle ir a su bola, pero siempre ha regresado a mi lado y me ha convencido de que lo siga (aunque apeste... tiene una carita preciosa).

Nos hemos internado demasiado en el bosque.
No sé dónde estoy.
Me asusto.

Se para.
Me paro.
Observa.

Miro y veo cómo una chica con una cesta se acerca a la orilla de un lago de aguas humeantes (¿térmicas?). Deja la cesta a su vera y a la vera del lago. Se despoja, seductora, de su ropa. Es preciosa. Se quita la última prenda: nalgas perfectas. Me enamoro. Entra en el agua lentamente, hasta que el líquido cubre sus sonrosados pezones. Se zambulle, ondulando su cuerpo, mostrando de nuevo sus perfectas nalgas. Desaparece. Emerge unos metros más adelante. Vuelve a desaparecer bajo las aguas. Reaparece cerca de la orilla. Sale del lago. Su ondulada cabellera dorada cae sobre sus hombros. Es la más hermosa de todas, la más bella criatura que jamás he visto: delicada, perfecta.

Se gira, levanta la vista hacia nosotros. Creo que nos ha visto. Me escondo mejor. No, no nos ha visto: está demasiado tranquila. Es bellísima.

El perro sale de nuestro escondrijo. Intento cogerlo, pero no puedo. Se lanza en una carrera frenética hacia ella, ladrando, enfurecido. Se abalanza como un auténtico lobo sobre su víctima: dentelladas, sangre a borbotones.

Estoy verdaderamente asustado. Nunca había visto nada igual. Tengo miedo.

En cuestión de segundos, sólo quedan la cabeza y los huesos del pobre perro.

Levanto la vista, nuestras miradas se cruzan. Estoy paralizado. Su rostro y su pecho son de un rojo intenso; ríos de sangre recorren todo su cuerpo hasta sus pies. Inmóvil, no puedo dejar de mirarla. Quiero huir, pero mi nivel de reacción es nulo, estoy agarrotado. Ella me da la espalda y se vuelve a zambullir en el lago. Cojo la navaja, lanzo la cesta y salgo corriendo, corro con todas mis fuerzas, corro sin sentido. Solo. Asustado, aterrorizado. No sé dónde me encuentro. Las fuerzas empiezan a abandonarme, está anocheciendo, no puedo más. Caigo rendido en el suelo. Silencio. Solo.

Tengo que encontrar un lugar para pasar la noche. Una cueva. He tenido suerte, pasaré la noche aquí. Tengo candela, haré un fuego. Recojo toda la leña que puedo. La noche me rodea, tengo frío, tengo miedo. La tenue luz de la luna apenas me deja ver la entrada a mi morada. Mañana será otro día.

En plena oscuridad, ya en el interior de la cueva, amontono las ramas recogidas, enciendo el mechero, lo acerco a la montaña de leña. Suerte que de pequeño estuve de campamentos, no tarda en prender. La cueva se ilumina. Al otro lado de la fogata, está ella.